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diumenge, 17 de gener del 2010

El frío del invierno en su piel.


Sintió el frío del invierno en su piel. Subíó la cremallera de su anorak con desesperación, buscando el calor escondido de su cuerpo. Seguía siendo perseverante hasta en su vestimenta. No soportaba los jerseis de cuello alto. No soportaba las bufandas ni los gorros atrapando su delicado cabello entre los lienzos de lana que se formaban a su alrededor. Y su madre se lo tenía dicho: hace frío, abrígate, no salgas tan fresca a la calle, que te resfriarás. Pero seguía adelante, mirando el reloj detenidamente como queriendo abrazar el tiempo para saborearlo mejor.

Esas mismas palabras se las había dicho hacía un momento a su hijo cuando deambulaba a paso rápido por el paso peatonal que conducía a la plaza del ayuntamiento. Pero no creía en esas palabras, en sus propias mentiras lanzadas al azar, sin compasión, a su hijo, a ese hijo que había heredado sus mismos rasgos, su misma mirada, su misma capacidad de seducción emitida en un mínimo movimiento de ojos, de él, no de ella, de ese “él” que la desconcertaba, que la atraía, que la ahogaba. Ése al que tanto deseaba, y al que tanto odiaba, también.

Y ése era el castigo que la acechaba. Ése era el dolor que la atemorizaba día a día, manifestado en su presencia, su constante rostro clavado en su sien, desesperadamente eterno en los rincones de su atolondrada memoria. Pero que ya no permanecía allí, se había desplazado al incierto vacío de la nada que embargaba su vida y su corazón. Ya no volvería, no, ya no se enfrentaría a sus brazos expectantes de pasión, no, ése era el maldito pretexto que empleaba ella para no vivir, para absorber las emociones cotidianas que le llevaban hasta él, apagándose lenta pero vertiginosamente en su interior.

Y es que todo empezó un mes de junio nueve años atrás, en los inicios del sofocante verano que invadía la ciudad por entonces. María acostumbraba a hacer la compra semanal el jueves, a media mañana, cuando el termómetro era lo suficientemente honrado para permitir el exceso de carga atrapando su cuerpo, derretido ya por el cansancio y el sudor. Y repetía incansablemente el recorrido hacia su casa sumida en sus pensamientos, reparando en la huella que un desconocido había dejado impresa en ella. Hacía días que no le veía. Le inquietaba saber de él. Era un hombre que la transportaba a lugares de ensueño, que la hacía soñar día a día con lo más perverso de su ser, en un sumiso silencio acompañado de una ardiente sensación de inquietud en su interior. No le conocía, no habían intercambiado nunca una palabra, pero sus tímidas presencias se habían encontrado ya en alguna ocasión. Le atraía enormemente su mirada, esos ojos negros vestidos de intriga, de misterio, de algo de desazón. Y su piel morena, incluso su sonrisa, de labios gruesos, empapados de sabores de lugares lejanos donde quizá se pierde el sol, le llegaba muy adentro, le seducían, y le mataban, de obsesión. Hacía días que no le veía y se consternó de repente al divisarlo solo, postrado en la cera de enfrente hablando con alguien a través del móvil. Se extrañó de verlo así, sin su atractiva mujer que le seguía los pasos siempre, siempre, como pegada a su talón. Y se extrañó de ver la alegría en su cara, de apreciar en él el interés, y de verlo acercarse hasta ella despacio, muy despacio. Ella quiso bajar los ojos, quiso hacer desaparecer esa mirada que tanto la sobrecogía, pero la buscaba también, la esperaba, suplicante, se desvivía por volverla a ver. Y entonces él la saludó con voz grave, varonil, intensa, penetrante, y le regaló una sonrisa, pero emitida con los ojos, con esos ojos de su hijo, negros, fulminantes, como prisiones que encierran el pecado de lo prohibido pero también de la fe.

Le tendió la mano para ayudarla con el peso que llevaba y ella agradeció con una sorda palabra el gesto amable de él. No supo qué decir, qué hacer, tan solo esperaba la llegada de su mujer. Shamir la quiso acompañar a casa. No dudó en llevarle la compra y mostrarle el perfume del deseo de los dos. Y ella se dejó llevar, harta del sufrimiento del calor de fuera y del vacío de su triste hogar donde hacía tiempo que no entraba la locura del amor que está lejos de florecer.

Se sintió perder en su profunda agonía pero deseaba tanto recorrer aquél trecho con él… que subió acelerada las escaleras del segundo piso escuchando sus pasos firmes tras ella. Titubeó un momento al introducir la llave en la cerradura y de nuevo se sintió desmayar sabiendo lo que iba a ocurrir, pero deshojó sus legañas aprisa soltando las bolsas que aún quedaban en su poder.

Se giró y allí estaba, esperando su premio y descubriéndola al nacer. La miraba casi insultándola, parecía no querer nada más para él pero la repasaba con cautela anunciando su querer. Ella se impacientaba, no sabia si era ella la que debía hacer lo dejado para el atardecer o esperar que empezara él. Le siguió suspirando con el silencio y se acercó muy lentamente hacia donde se encontraba. Probó el olor de su rostro, escuchó el sonido de su morena piel acercándose al suyo, bebiendo de él. Con un beso ya lo tendría todo pero al pegar sus labios observando los de él fue tan grande la emoción que le brindó que se sintió arrastrada hacia su piel. Sus besos la extasiaban, eran tan profundos cada vez que se sintió como mareada de sentir eso por él. Notó sus manos calientes que la levantaban, que la sujetaban con firmeza, acariciándola con sus dulces yemas pero salvajes a la vez. Sintió desahogarse su sujetador y envolverse todo su tórax al vibrante torso de él, mientras se buscaban, vestidos con el miedo a entorpecer. Seguían de pie, y en esa justa posición las ropas empezaron a caer veloces al suelo. Ya nada quedaba entre ellos dos más que el deseo, el deseo de meter la esencia de cada uno en el tierno gesto del gozo y la miel.

Ahora también hablaba. Le decía lo mucho que la deseaba, desde la primera vez que la vio, envuelta en aquella camiseta negra escotada que dejaba traslucir unos pechos grandes y hermosos, preparados para ser tocados y amados con pasión. Le decía que imaginara el placer que estaba dispuesto a darle, una y otra vez, hasta perder el sentido de tantos orgasmos guardados en lo más profundo de su ser. Quería amarla, masturbarla, follarla, darle todo su ser como nadie lo hubiera hecho antes, sintiéndola vital, enérgica, loca, arrollada por la desesperación del amor. Y eso es lo que pretendía hacer en ese momento, despojarla de la timidez y del control. Se iba a entregar a su alma como nunca nadie hubiera hecho antes, se lo juraba, con ojos mojados del enigma de la pasión.

Y ella se sintió morir del goce de tanta expresión. Se dejó llevar por esos besos nuevos, que la mecían y la estremecían de dolor. Sintió sus manos de nuevo, buscando entre su pirámide de calor, y empezó a sentir un goce extremo, la antesala de la máxima fusión de dos cuerpos ardientes, necesitados de calor.

Casi en sueños, desearía ahora agarrarle fuertemente del pantalón temiendo su huída, impidiéndole a su slip recoger tan bien a su miembro viril, que roza casi la perfección. Y desearía asimismo detenerse en rozar su vello pubico primero, para acariciarle salvajemente su sexo después, mientras besa sus labios apasionadamente con su lengua susurrándole el deseo otra vez, suplicándole que la folle ahí mismo, de pie, en su desnudez, sin más juegos absurdos, sintiéndole cerca, muy cerca, y muy dentro de él. Dedicaría por entero su tiempo en mecer rítmicamente con su boca su soberbio pene para acariciar al mismo tiempo sus delicados testículos y ver cómo se retuerce de placer; al tiempo que ante el estallido inminente de su gozo cogería su miembro y lo introduciría dentro, muy adentro, ¡¡¡sí!!! de su sexo femenino bien abierto y húmedo, apreciando bien su dureza en ella, sintiendo cómo gime de placer; y se mueve frenéticamente, ¡¡oh, por favor, sí!!, implorando que se mueva así, que no pare de buscar cobijo en lo más profundo de su madurez, y que rodee con sus grandes manos sus dulces pezones enhiestos y excitados por él. Un salvaje abrazo acogería su primer gemido desgarrador anunciando el orgasmo que él disfruta abiertamente uniéndose su voz al son del desgarro de placer de ella que conduce a otro abrazo que sella su unión, lo íntimo del disfrute que han sembrado entre los dos… es eso lo que le haría ahora mismo si pudiera, pensó.

Miró a ese hijo que había heredado sus mismos rasgos, su misma mirada, su misma capacidad de seducción emitida en un mínimo movimiento de ojos, de él, de ese “él” que la había desconcertado una única vez, que la atrajo, que la había ahogado para siempre. Ése al que tanto deseaba, y al que tanto odiaba, ayer, pero también hoy. Y sintió como nunca, hoy más que ayer, el frío del invierno en su piel.

Rocío Ávila, Rubí, 13/2/2008

diumenge, 3 de gener del 2010

Al límite en un vagón.

Recorría pensativa el Paseo del Ferrocarril buscando ansiosa la tarjeta de tren oculta entre los bolsillos de su abrigo. Siempre pasaba igual. Era inevitable ese retraso de los movimientos de los dedos a primera hora de la mañana cuando el vagón repleto de gente se disponía a tomar rumbo Barcelona en pocos minutos. El bullicio de las almas agolpadas en la puerta del ascensor hacía presagiar la pérdida de ese tren. Y no, no lo podía permitir. El siguiente no pasaba hasta las 8:21h. No podía llegar tarde a esa entrevista. Era preciso tomar cartas en el asunto.

Incrédula, decidida, impulsivamente, se adentró con fuerza en el interior del tren empujando ferozmente a un joven estudiante universitario ataviado con sus libros y apuntes de última hora. “Perdona”- le dijo, y el chico mostró una sonrisa disfrazada de hastío hueco que le dejó sumiso en aquella postura flácida del recién acabado de despertar.

Adriana se sumió en un letargo de pensamientos durante al menos un cuarto de hora. No entendía el cansancio que acusaba su mente. Se mostraba indiferente a los ruidos de los MP3 de los demás, o a los periódicos tirados en el suelo por doquier. No le inmutaba tampoco el aviso estupefaciente del intercomunicador advirtiendo de la próxima parada: “Sant Cugat”. Faltaba al menos veinte minutos para llegar aún a Provença, y el móvil sin sonar. La espera era demasiado excitante. Necesitaba saber de antemano cómo iba a transcurrir la reunión para tomar una decisión a tiempo. Era crucial que Ramirez le comunicara las últimas noticias YA. Y el reloj se relentecía sin saber por qué.

El calor en el interior del vagón era sofocante. La calefacción le ahogaba la garganta miserablemente. Uf, qué pesadilla, ¡por Dios! Levantó la cabeza intentando descubrir algún rostro conocido entre la muchedumbre pero no fue posible intercambiar unas palabras con nadie. Sola, se encontraba sumamente sola. Y necesitaba volcar ese nerviosismo suyo con alguien. Un niño lloraba quejumbroso al fondo del vagón. Eso le recordó inevitablemente la rabieta matutina que su hija Andrea había tenido hacía apenas una hora. Maldita terquedad! Intentó buscar aliento en algún rostro masculino. Siempre era fácil que un hombre la mirara. Su rostro llamaba poderosamente la atención. Sus ojos vivarachos y tristes, maquillados con rimel a la perfección, dejaban boquiabiertos a los sujetos más ansiosos. Y ella lo sabía. Y necesitaba que un hombre la mirara hoy más que nunca, necesitaba sentirse deseada por alguien y realizada como mujer.

Caras de agobio, de aburrimiento, de sueño, de suplicio por la llegada al mismo trabajo de todos los días... eso era lo que sus grandes ojos admiraban. Nada más. Nada interesante se mostraba ante su curiosa manera de ver la vida. Pero no, estaba equivocada. Algo la llamó poderosamente la atención. Al fondo mismo del vagón, justamente enfrente del niño llorón que hacía unos instantes se revolcaba insistente ante su madre. ¡Era él, si, cómo no lo había visto antes! Era Ale, sí, el auxiliar bibliotecario, aquél chico nuevo que hacía tan solo unos días se encargaba de la sección infantil de la biblioteca municipal. Giró la cabeza intentando evitar que su mirada se cruzara con la suya. Era demasiado atractivo para ella. No, no podía acercarse a él. Su corazón empezó a latir apresuradamente. No entendía lo que le pasaba. Volvió a mirar tan solo un instante. Ya no estaba allí. ¿Cómo podía haber dejado perder ese rostro perfecto, esos ojos azules intensos de calor? Su mente se sentía confundida y su vista buscaba desesperada la manera de encontrarlo aún a su alrededor. Le asaltó de inmediato un deseo enorme de arrimarse a él, de rozar su abrigo azul de pana y dejarse mecer por la melodía de sus tiernas palabras. Tenía una voz demasiado varonil para la función que tenía asignada en la biblioteca. No es que le sentara mal contar cuentos, no; era tan solo que sencillamente era más atractivo a las madres que a los propios niños. Y pensando en estas cosas tuvo ganas de quitarse el abrigo, hacía mucho calor, demasiado calor.

Atrapada en este círculo de inciertos pensamientos sintió un escalofrío recorrerle toda su columna. Alguien se ajustaba tras ella buscando un sitio mejor. Se giró de inmediato con la intención de distanciarse algo de ese cuerpo extraño que la amenazaba misteriosamente. No lo pudo evitar. Un chasquido surgió de su voz. Era él, otra vez. Era él, atrayentemente vestido, mirándola con devoción. No supo qué hacer. Se avergonzó de lo que sentía. No podía ser, no. No podía reconocerse a si misma que se sentía terriblemente excitada por la presencia de aquél hombre. Sus sensaciones empezaron a trastocarla locamente: no sabía si debía bajar apresuradamente del tren, sin dilación, o si por el contrario debía aceptar de buen grado ese intento de acercamiento que le proponía ese desconocido. La tentación era grande. Notó un extraño nerviosismo en sus genitales. Eso no era propio de ella. Excitarse en un tren no era propio de ella, no, no podía estar pasándole. Pero, sí. Notó esa locura en su mente, notó sus pechos duros a reventar, notó que le flaqueaban las piernas y el instinto de cerrar los ojos a una nueva experiencia la derrumbó. El olor de ese hombre la sumió en la desesperación, sus manos buscando las suyas por entre los montones de bolsos, maletas y demás. Le hicieron perder el control. La excitación de lo desconocido iba in crescendo. No podía dejar de sentir un estremecimiento que le recorría todo el cuerpo. Un cosquilleo ingenuo recorrió su nuca, unos besos más que otros se dejaron escapar algo más abajo intentando alcanzar un escote muy bien disimulado tras la gabardina que finalmente no había podido abandonar. Se giró para ver de cerca esos labios tan presuntamente ejercitados. Los labios de él se mezclaron fuertemente con los suyos, buscando ardientemente un lazo mejor, una unión descontrolada amenizada progresivamente por el juego de sus lenguas en un beso de pasión, de deseo aún mayor. De nuevo ese olor la transportaba, ya nada había a su alrededor. Ahora sintió sus manos acariciándola despacito por la espalda, desabrochándole el sujetador. Sus pezones ya eran picos, gozosos de calor. Y sus grandes manos los recorrieron, haciendo círculos a su alrededor. Ese gesto la hizo desear más, desear un encuentro sexual mejor, eso no se podía aguantar más, era fuego abrasador. Sentía un nerviosismo en su abdomen, sentía que sus manos se iban acercando cada vez más a ese lugar misterioso de su sexo en flor, y pensaba dichosa en cuánto tiempo era necesario para alcanzar la máxima excitación. No podía más, apretaba su boca contra el hombro de él para evitar ser descubierta al gentío ensordecedor. Necesitaba exclamar su gozo, su gusto, ¡oh, por Dios! Notó sus dedos bajándole por el interior de su pantalón. Buscaban nerviosos ese clítoris en erupción. Y con un leve masaje se sintió morir de satisfacción. Parecía que nada pasaba pero ambos eran una bomba de explosión. Estaba a punto de correrse por ese masaje vertiginoso que él efectuaba sin apartarse un momento de ese bello rincón, cuando la humedad de su sexo estalló a su alrededor. Sus piernas se abrían, necesitaban un consuelo mejor pero era bien difícil asumirlo allí. Se disgustó al pensarlo, sintiendo de nuevo como él la atraía hacia si, notando su miembro también bien duro. Y él introdujo sus dedos más adentro, su vagina por fin se abrió, iniciando un rítmico compás. Ella le susurró que siguiera, que la llevara a esa orgía de placer, él la miraba sonriente esperando ver en ella un gesto más de satisfacción. Y le decía que se corriera, si, córrete por favor, moja mis dedos de tus líquidos, mójame con tu excitación, olvídate de la gente, sueña que soy yo el que te penetro adentro, muy adentro, con mi pene en extrema ebullición. Déjame que con mi lengua te recorra enteramente, una y otra vez, tus tobillos, tus piernas, tus muslos, tus ingles, tu sexo por fin, toda tu, y escuche de tu alma correr tintas de sudor. Sé salvaje con tu cuerpo, que aquí estoy yo, sintiéndote al completo. Y así llegó, así Adriana se adentró en un mundo donde no se apreciaba el color, tan solo los olores de un sexo abrasador. Un orgasmo tremendo inundó toda su alma, un orgasmo creciente que no la dejaba respirar, que le quemaba toda por dentro, la ahogaba a la perfección, y no pudo evitar soltar un alarido agudo de tremenda plenitud. El semblante en su cara era ahora el de una perfecta relajación, acosándola por la mirada de su interlocutor.

Abrió los ojos y se percató que había poca gente ya en el vagón. Buscó a Ale, su salvación, y no lo encontró. Miró el letrero y se dio cuenta que apenas quedaban dos paradas para llegar a su destino. Algo descompuesta, intentó averiguar qué diantre había pasado. Se sintió algo incómoda, mojado aún su tanga y algo exhausta después de ese acto extraño de placer. Pero, ¿había sido real o simplemente era producto de su imaginación? Cruzó la puerta dirección al andén. Ya nada más se supo de esa atracción.

Rocío Ávila, Rubi, 22/1/08