diumenge, 31 de gener de 2010

La ilusión de volverse a mirar.

Había pasado mucho tiempo encerrada en su mundo, ocupada en atender las necesidades de los demás para darse cuenta realmente de las suyas escondidas en un rincón.  Había derrochado tanto tiempo con sus responsabilidades familiares que su pobre alma se arrastraba suplicante pidiéndole clemencia y algo de descanso para cubrir las pequeñas dosis de calma que el cuerpo necesita, sin más. Se había dado cuenta de repente que la vida había huido de su lado temerosa, incapaz de regocijarse en los juegos que a su tierna edad podía aún llegar a saborear al lado de personas vitales y llenas de amor, que seguramente, ahora lo veía, circulaban a su alrededor.

Esa reflexión le llegó en el momento en que se había detenido cautelosamente a contemplar todo lo que la circundaba. Nunca había puesto los ojos en nadie que no fuera su marido, aquél hombre cuarentón que regresaba todos los días a casa para refugiarse en su mando televisivo y su buche de coca-cola listo para tomar. No había sentido curiosidad por saborear aires nuevos llegados de más allá. No había alcanzado la necesidad de luchar contra la monotonía de una vida sujeta a unas normas sociales a veces difíciles de llevar. No le había llegado la certeza del fin del amor, del fin de una corta existencia conyugal cargada de sucesos pero obsoleta en caricias y designios de amor. Por eso la revelación le pareció intrigante, la dejó en suspense largo rato, quedando totalmente atrapada en sus raíces más profundas.

No hacía mucho que los hombres eran hombres sin más, sin ningún complemento añadido a su existencia. Pero en ese fugaz instante en que todo le pareció tan evidente, la naturaleza del ser humano se le antojó sencilla y clara como la gota más cristalina de nuestro torrente interior. Y entendió que había dejado pasar el tiempo absurdamente, que aún le quedaba mucho trecho por andar y supuso que aún estaba a tiempo de mostrar todas sus agallas y deshacerse de esa lacra que le impedía ser mujer, ser persona ante el mundo que la juzgaba, soñando con ser al fin libre de sus deseos y sus ganas de vivir.

Fue el semblante de David el que la hizo despertar. Nunca antes había reparado en otra presencia masculina que no fuera la de su hombre, nunca antes nadie la había observado al andar, nunca antes un hombre la había interrogado con el silencio como lo hacía él. Pero ese fugaz descubrimiento era el fruto prohibido que nunca debía probar. Le era del todo vedado porque su amor estaba depositado en otra persona, no era suyo ni lo sería nunca pero ya se sentía para siempre atrapada en sus garras inocentes de amistad.

David no tomó cartas en el asunto aunque seguramente no eran en vano los pequeños gestos que le dispensaba las pocas veces que se llegaban a encontrar. Nunca antes la había mirado tan abiertamente, casi con el corazón en la mano. Nunca antes nadie le había preguntado sutilmente cómo estaba con aquél silencio encerrado en sus negros ojos. Nunca antes nadie le había agarrado fuertemente del brazo para señalarle su complicidad. ¡¡¡Y ahora echaba tanto de menos acercándose a ella!!! Nunca antes había esperado a nadie tanto tiempo, para simplemente desearle un buen día o intercambiar una simple sonrisa de ilusión y amistad.

Pero allí estaba ella, ansiosa de verse correspondida por ese extraño ser abrumado por sus problemas laborales, sus hijos y sus cuentas bancarias. Sabía de sus aficiones, de sus intereses, aunque pocas cosas le había mostrado él que ella no hubiera descubierto por sí sola. Temía la presencia de su mujer, enigmáticamente silenciosa ante unos gestos que aunque tímidos podían ser apreciados por terceras personas incluso antes que él. Ese era el terrible destino que la acompañaba: saberse atada a alguien incapaz de poderle corresponder. El amor es así de cruel en ocasiones. Y en ese preciso instante era tremendamente injusto con Raquel.
En una única ocasión le invitó a tomar café. Aprovechó que se encontraba indispuesto y no había acudido a su trabajo para hacerle ver la necesidad de verse por unos asuntos relacionados con la publicación quincenal de la revista de la Asociación de Vecinos del barrio en el que ambos residían. A ella se le daba bien escribir y él era todo un experto en materias informáticas por lo que ese proyecto los vinculaba de alguna manera, casi sin darse cuenta.

Sin dudarlo un instante se atrevió a sentarse junto a él en la pequeña mesa del bar que ocupaba la plaza principal del pueblo. No sabía muy bien de qué manera iniciar la conversación que con tanta urgencia debían llevar a cabo. Él la miraba impaciente. Ella sonreía algo nerviosa. Y empezaron a hablar, primero de cosas sin importancia para llegar finalmente al centro de interés que les había reunido en aquél lugar.

En el transcurso de ese corto rato que pasaron juntos Raquel intuía las miradas de David. Notaba cómo furtivamente él desviaba su mirada para observar con cierto detenimiento la estrechez de su camiseta y el susurro de un escote que dejaba respirar un poco el nacimiento de sus bellos pechos maduros. También él se percataba del coqueteo seductor que ella intentaba transmitir, con esos bellos ojos maquillados, con esos labios ligeramente humedecidos por el suave roce de una lengua necesitada de un beso mortal, y sobretodo por sus manos algo inquietas, que tocaban sus pelirrojos y finos cabellos sin cesar y revolvían en el estómago de cualquier hombre sediento las ganas de alcanzar el deseo siempre presente en los cuerpos sin amar.

Sus palabras no fueron señales hasta que ella introdujo su mayor pesar. Sentirse algo alejada del mundo real, del mundo que la atrapaba y le dejaba como embobada, sin apenas ilusión ni ganas de llorar. Él la entendió muy bien y afirmó sentirse identificado con ese, su pesar. Y ese secreto los unió en silencio, aunque él no tuviera ni idea en realidad del sentimiento que ella cobijaba en su interior, día tras día, sintiendo una pena intensa cuando no lo veía al despertar.

Y así pasaban los días, ella soñando con sus ojos y él olvidándose de ese bar. Separados por sus vidas, cada uno en su lugar, los deseos olvidados volvían a la mar cuando por casualidad de la vida se volvían a encontrar. Y en ella se encontraba el aliento cuando lo veía respirar. En ella el silencio se rompía con el deseo de volverlo a abrazar, a abrazar con la mirada y con ese diálogo de antes de comenzar.

Rocío Ávila, Rubí, 7/6/2008

diumenge, 24 de gener de 2010

Entre tiernas sábanas.

Me desperté abriendo despacio mis somnolientos ojos, sintiendo el aroma de nuestra piel envuelto aún en un mar de caricias. Pensé en un momento en la placidez que respiraba mi alma habiéndome sentido viva cerca de ti, escuchando tu palpitar intenso y tus deseos de entregarte a mí. Y tú dormías, con rostro tranquilo, abrazado a mí. Y no quise moverme, no quería despegarme aún de ti. Deseaba sentir mi desnudo cuerpo enrollado a tu corpulento ser para darme cuenta enseguida que no había sido un sueño, no, sino que te tenía a TI, a mi lado, reponiéndote de tanto placer. Y acaricié las sábanas que nos unían, y olí el aroma impregnado en ellas recordando vivamente lo mucho que te quise ayer. Reviví tus ganas en mi pensamiento, tu gozo sin fin, tu locura escondida pero manifiesta de igual forma en mí. Y un suspiro de ternura me acercó más y más a ti, anhelando que despertaras, suplicando que volvieras a mí, ofreciéndome de nuevo esa inquieta mirada que nos hizo estremecer al fin. Entre tiernas sábanas te capturé, te amé, y supe sin saberlo que habías logrado volver, entre mis tiernas sábanas, otra vez.

Rocío Ávila, 18/2/2008

diumenge, 17 de gener de 2010

El frío del invierno en su piel.


Sintió el frío del invierno en su piel. Subíó la cremallera de su anorak con desesperación, buscando el calor escondido de su cuerpo. Seguía siendo perseverante hasta en su vestimenta. No soportaba los jerseis de cuello alto. No soportaba las bufandas ni los gorros atrapando su delicado cabello entre los lienzos de lana que se formaban a su alrededor. Y su madre se lo tenía dicho: hace frío, abrígate, no salgas tan fresca a la calle, que te resfriarás. Pero seguía adelante, mirando el reloj detenidamente como queriendo abrazar el tiempo para saborearlo mejor.

Esas mismas palabras se las había dicho hacía un momento a su hijo cuando deambulaba a paso rápido por el paso peatonal que conducía a la plaza del ayuntamiento. Pero no creía en esas palabras, en sus propias mentiras lanzadas al azar, sin compasión, a su hijo, a ese hijo que había heredado sus mismos rasgos, su misma mirada, su misma capacidad de seducción emitida en un mínimo movimiento de ojos, de él, no de ella, de ese “él” que la desconcertaba, que la atraía, que la ahogaba. Ése al que tanto deseaba, y al que tanto odiaba, también.

Y ése era el castigo que la acechaba. Ése era el dolor que la atemorizaba día a día, manifestado en su presencia, su constante rostro clavado en su sien, desesperadamente eterno en los rincones de su atolondrada memoria. Pero que ya no permanecía allí, se había desplazado al incierto vacío de la nada que embargaba su vida y su corazón. Ya no volvería, no, ya no se enfrentaría a sus brazos expectantes de pasión, no, ése era el maldito pretexto que empleaba ella para no vivir, para absorber las emociones cotidianas que le llevaban hasta él, apagándose lenta pero vertiginosamente en su interior.

Y es que todo empezó un mes de junio nueve años atrás, en los inicios del sofocante verano que invadía la ciudad por entonces. María acostumbraba a hacer la compra semanal el jueves, a media mañana, cuando el termómetro era lo suficientemente honrado para permitir el exceso de carga atrapando su cuerpo, derretido ya por el cansancio y el sudor. Y repetía incansablemente el recorrido hacia su casa sumida en sus pensamientos, reparando en la huella que un desconocido había dejado impresa en ella. Hacía días que no le veía. Le inquietaba saber de él. Era un hombre que la transportaba a lugares de ensueño, que la hacía soñar día a día con lo más perverso de su ser, en un sumiso silencio acompañado de una ardiente sensación de inquietud en su interior. No le conocía, no habían intercambiado nunca una palabra, pero sus tímidas presencias se habían encontrado ya en alguna ocasión. Le atraía enormemente su mirada, esos ojos negros vestidos de intriga, de misterio, de algo de desazón. Y su piel morena, incluso su sonrisa, de labios gruesos, empapados de sabores de lugares lejanos donde quizá se pierde el sol, le llegaba muy adentro, le seducían, y le mataban, de obsesión. Hacía días que no le veía y se consternó de repente al divisarlo solo, postrado en la cera de enfrente hablando con alguien a través del móvil. Se extrañó de verlo así, sin su atractiva mujer que le seguía los pasos siempre, siempre, como pegada a su talón. Y se extrañó de ver la alegría en su cara, de apreciar en él el interés, y de verlo acercarse hasta ella despacio, muy despacio. Ella quiso bajar los ojos, quiso hacer desaparecer esa mirada que tanto la sobrecogía, pero la buscaba también, la esperaba, suplicante, se desvivía por volverla a ver. Y entonces él la saludó con voz grave, varonil, intensa, penetrante, y le regaló una sonrisa, pero emitida con los ojos, con esos ojos de su hijo, negros, fulminantes, como prisiones que encierran el pecado de lo prohibido pero también de la fe.

Le tendió la mano para ayudarla con el peso que llevaba y ella agradeció con una sorda palabra el gesto amable de él. No supo qué decir, qué hacer, tan solo esperaba la llegada de su mujer. Shamir la quiso acompañar a casa. No dudó en llevarle la compra y mostrarle el perfume del deseo de los dos. Y ella se dejó llevar, harta del sufrimiento del calor de fuera y del vacío de su triste hogar donde hacía tiempo que no entraba la locura del amor que está lejos de florecer.

Se sintió perder en su profunda agonía pero deseaba tanto recorrer aquél trecho con él… que subió acelerada las escaleras del segundo piso escuchando sus pasos firmes tras ella. Titubeó un momento al introducir la llave en la cerradura y de nuevo se sintió desmayar sabiendo lo que iba a ocurrir, pero deshojó sus legañas aprisa soltando las bolsas que aún quedaban en su poder.

Se giró y allí estaba, esperando su premio y descubriéndola al nacer. La miraba casi insultándola, parecía no querer nada más para él pero la repasaba con cautela anunciando su querer. Ella se impacientaba, no sabia si era ella la que debía hacer lo dejado para el atardecer o esperar que empezara él. Le siguió suspirando con el silencio y se acercó muy lentamente hacia donde se encontraba. Probó el olor de su rostro, escuchó el sonido de su morena piel acercándose al suyo, bebiendo de él. Con un beso ya lo tendría todo pero al pegar sus labios observando los de él fue tan grande la emoción que le brindó que se sintió arrastrada hacia su piel. Sus besos la extasiaban, eran tan profundos cada vez que se sintió como mareada de sentir eso por él. Notó sus manos calientes que la levantaban, que la sujetaban con firmeza, acariciándola con sus dulces yemas pero salvajes a la vez. Sintió desahogarse su sujetador y envolverse todo su tórax al vibrante torso de él, mientras se buscaban, vestidos con el miedo a entorpecer. Seguían de pie, y en esa justa posición las ropas empezaron a caer veloces al suelo. Ya nada quedaba entre ellos dos más que el deseo, el deseo de meter la esencia de cada uno en el tierno gesto del gozo y la miel.

Ahora también hablaba. Le decía lo mucho que la deseaba, desde la primera vez que la vio, envuelta en aquella camiseta negra escotada que dejaba traslucir unos pechos grandes y hermosos, preparados para ser tocados y amados con pasión. Le decía que imaginara el placer que estaba dispuesto a darle, una y otra vez, hasta perder el sentido de tantos orgasmos guardados en lo más profundo de su ser. Quería amarla, masturbarla, follarla, darle todo su ser como nadie lo hubiera hecho antes, sintiéndola vital, enérgica, loca, arrollada por la desesperación del amor. Y eso es lo que pretendía hacer en ese momento, despojarla de la timidez y del control. Se iba a entregar a su alma como nunca nadie hubiera hecho antes, se lo juraba, con ojos mojados del enigma de la pasión.

Y ella se sintió morir del goce de tanta expresión. Se dejó llevar por esos besos nuevos, que la mecían y la estremecían de dolor. Sintió sus manos de nuevo, buscando entre su pirámide de calor, y empezó a sentir un goce extremo, la antesala de la máxima fusión de dos cuerpos ardientes, necesitados de calor.

Casi en sueños, desearía ahora agarrarle fuertemente del pantalón temiendo su huída, impidiéndole a su slip recoger tan bien a su miembro viril, que roza casi la perfección. Y desearía asimismo detenerse en rozar su vello pubico primero, para acariciarle salvajemente su sexo después, mientras besa sus labios apasionadamente con su lengua susurrándole el deseo otra vez, suplicándole que la folle ahí mismo, de pie, en su desnudez, sin más juegos absurdos, sintiéndole cerca, muy cerca, y muy dentro de él. Dedicaría por entero su tiempo en mecer rítmicamente con su boca su soberbio pene para acariciar al mismo tiempo sus delicados testículos y ver cómo se retuerce de placer; al tiempo que ante el estallido inminente de su gozo cogería su miembro y lo introduciría dentro, muy adentro, ¡¡¡sí!!! de su sexo femenino bien abierto y húmedo, apreciando bien su dureza en ella, sintiendo cómo gime de placer; y se mueve frenéticamente, ¡¡oh, por favor, sí!!, implorando que se mueva así, que no pare de buscar cobijo en lo más profundo de su madurez, y que rodee con sus grandes manos sus dulces pezones enhiestos y excitados por él. Un salvaje abrazo acogería su primer gemido desgarrador anunciando el orgasmo que él disfruta abiertamente uniéndose su voz al son del desgarro de placer de ella que conduce a otro abrazo que sella su unión, lo íntimo del disfrute que han sembrado entre los dos… es eso lo que le haría ahora mismo si pudiera, pensó.

Miró a ese hijo que había heredado sus mismos rasgos, su misma mirada, su misma capacidad de seducción emitida en un mínimo movimiento de ojos, de él, de ese “él” que la había desconcertado una única vez, que la atrajo, que la había ahogado para siempre. Ése al que tanto deseaba, y al que tanto odiaba, ayer, pero también hoy. Y sintió como nunca, hoy más que ayer, el frío del invierno en su piel.

Rocío Ávila, Rubí, 13/2/2008

diumenge, 10 de gener de 2010

Regalo de cumpleaños.

El estruendo del despertador la sobresaltó dejándola expectante. No sabía en qué lugar se encontraba, quién era ella y qué hora era. Miró aturdida hacia la ventana de su habitación y distinguió los primeros rayos de sol introduciéndose despacito por entre las rendijas de la persiana. Las siete de la mañana. Era temprano aún. Bostezó para preparar su rostro para el nuevo día que se le avecinaba, y puso un pie sobre el suelo. Una de sus zapatillas había ido a parar misteriosamente a la otra esquina del cuadrado perfecto que formaba su habitación. Él se había ido ya, no le había dado ni tan siquiera un adiós. Frunció el ceño dirigiéndose al salón, donde tenía tapado su canario para que dormitara mejor.

Nunca le habían gustado los cumpleaños, le producían mal humor. Este año no iba a ser una excepción. Se acercaba a los cuarenta y eso le recordaba que aún tenía muchas cosas por hacer en esa alocada vida que llevaba, sometida a tanta presión. Recordó cómo disfrutaba de ese día en tiempos pasados, cuando organizaba grandes fiestas con su círculo de amigos y se divertía de verdad, no como ahora que tan solo era una ilusión. Le vino a la mente el 8 de febrero del año anterior. Esperaba ansiosa el regalo que Luís le traería y no se percató que él ya no pensaba en esas cosas, se había deshecho de una preocupación. Qué triste le parecían ahora aquellos momentos vividos junto a él, añorados ahora y repletos de decepción. De nada había servido colgarle post-its por todo lo largo y ancho de su escritorio recordándole ese día tan importante para ella. No había ninguna muestra de su amor.

La cafetera aulló derramando un poco de su contenido en la vitrocerámica marca Bosch. Y entonces reparó. Si, le había dejado una nota, ¡qué ilusión! Se acercó un poco más a ver qué clase de mensaje contenía aquél papel descolorido ya por el sol: “Te deseo un feliz día, mi amor. Quiero que en mi ausencia disfrutes, de corazón. Te quiero. Luis”. Se sintió algo extrañada del tono de aquella misiva, y vio un sobre acompañando aquellas palabras. Lo abrió, lo observó y pensó. Un centro de estética, una cita a las 15:00h., preguntar por Silvia. “Ummm”, exclamó, “¿qué clase de regalo era ese? ¿Una depilación, una manicura, una pedicura-tinte de color?”. Miró de nuevo la hora y corrió hacia el vestidor. No tenía respuestas pero algo le corroía en su interior. Se vistió rápidamente, se maquilló y salió zumbando al parking. Llegaba de nuevo tarde a la reunión.

La mañana se hizo eterna. Invitó a sus compañeros de oficina a unos deliciosos dulces como era costumbre ya entre ellos, y no dejaba de mirar su reloj. El teléfono vomitaba quejas por todos lados y tan solo pudo sonreír en una ocasión cuando su amiga Bea la llamó y la invitó a mirar el correo electrónico para que viera el regalito que le había enviado. Quedaron para verse en la sesión de Batuka de las 20:00. Eso la animaría, le daría aliento, era divertido saltar al ritmo de la música con esa belleza a su alrededor.

Entonces llegó el momento tan esperado. Se paró ante la cristalera que daba entrada al establecimiento. Abrió la puerta, cerró de nuevo, caminó sigilosamente observando a su alrededor y divisó una recepcionista que se encontraba en esos momentos tecleando en el ordenador. Miriam sonrió, impaciente. La chica la saludó. Tomó sus objetos personales y le comunicó que Luis, su pareja, había dejado pagado un masaje de una hora para ella. Les había hablado de sus problemas musculares y de su estrés y había recalcado la necesidad de insistir más en algunas zonas castigadas por la tensión y las malas posturas. “Luis recibe masajes dos días a la semana”, siguió explicándole, hecho que ella desconocía, “y le ha ido muy bien”. Esperaba que con esa sesión también ella saliera reconfortada. La hizo pasar a una estancia, y la animó a desnudarse.

Era un lugar agradable. Se respiraba un aire puro, limpio, con un ligero aroma de incienso en el ambiente. El hilo musical sonaba plácidamente también y se sintió cómoda en aquél lugar, aunque algo recelosa. Nunca antes nadie le había hecho un masaje, excepto Luís. Se dispuso a deshacerse de sus ropas pero con algo de temor. No había presencia humana alguna allí y no sabía muy bien a qué atenerse. Cuando se encontraba a medio desnudar, con el sujetador y las medias aún por quitar, una hermosa joven entró sonriente en el interior de la habitación. “Hola, me llamo Ana. Soy fisioterapeuta, conozco muy bien cada rincón del cuerpo humano y sé dónde duele más. Ya verás cómo sales de aquí nueva. Cuando me digas, empezamos”.

Miriam sonrió, se despojó de lo que le quedaba aún de ropa e hizo ademán de estirarse en la camilla para ella preparada. Notó como Ana colocaba una toalla en sus glúteos. Escuchó también correr el agua de un grifo situado detrás suyo, y los pasos de la fisioterapeuta acercándose de nuevo a ella. Algo frío le recorrió la espalda. Era crema, sin duda, o aceite, qué más da. Se quedó con la impresión. La piel de gallina inundó su cuerpo. “Ahora cierra los ojos y relájate”, escuchó decir de la dulce voz de Ana. Y sus dedos acariciaron su nuca, iniciando un masaje suave, primero por las cervicales, el trapecio izquierdo y hombro, para ir presionando poco a poco toda la simetría de su cuerpo, a ambos lados de su tronco.

Alguien abrió la puerta sigilosamente. Un guapo hombre, de unos 30 años, las saludó cariñosamente. Era tremendamente atractivo y desprendía un olor a perfume matador, penetrante. Cerró los ojos de nuevo, sintiendo las yemas de los dedos de Ana contactar con cada uno de los poros de su piel. Respiraba algo agitada, se retorcía escandalizada por el juego de esas manos paseando por la piel de su espalda. Álvaro las miraba atentamente, las vigilaba. Y ella se sintió desconocida, poseída de una excitación extraña, poderosa. Su mente estudiaba la posibilidad de verse sexualmente atraída por una mujer, hecho que le hubiera resultado insospechado hasta el momento pero que le acechaba ahora. No conseguía relajarse como le había dicho que hiciera Ana, su cuerpo se encontraba abierto a esas nuevas sensaciones que estaba en ese preciso momento experimentando. Su espalda ya había sido untada de friegas lo suficiente para dejar paso al contacto de sus manos con las caderas. El cosquilleo de la toalla al ser desprendida de sus glúteos la estremeció imprevisiblemente. Y un instinto de abrir algo más las piernas la excitó por entero. Álvaro acarició su pelo con sencillez extrema. Abrió los ojos para verle mejor y vio en él el deseo, marcado en sus pupilas. Y no le quedó más remedio que volverlos a cerrar al sentir un escalofrío perfecto al notar los dedos rozándole sus glúteos de nuevo, acercándose temerosamente a esa zona prohibida, primero a su ano, después a su vulva, abierta ya de par en par.

Ana la invitó a darse la vuelta. Unas lágrimas de emoción recorrían ahora su rostro. Sus pechos se mostraban en su esplendor. Ella masajeaba ahora sus párpados, su nariz, sus mejillas, se acercaba a su boca mientras él continuaba paseando sus dedos por su larga cabellera. Dos dedos ardientes de calor abarcaban su cuello y sintió la humedad de una lengua en un lóbulo de la oreja. Se notó inquieta en esa posición, no entendía muy bien qué es lo que estaba pasando verdaderamente pero le agradaba, sí, mucho le gustaba. La lengua corría veloz hacia su boca, buscándola con veneno atroz, y mientras tanto las manos de Ana pellizcaban valientemente los pezones de sus mamas, atribuyéndoles aún más perfección. Quiso buscar con sus manos algo a lo que mostrar su afectividad, su entrega, y notó el duro miembro de su adversario, el joven chico que en un principio la fulminó. Éste la miró a los ojos, buscando su aprobación, y a continuación se quitó la camiseta mostrándole un torso atlético, joven, bello, muy bello.

Por un momento pensó en ese juego malévolo al que se había visto arrastrada de la mano de su esposo. Le parecía increíble que Luís conociera los masajes que en ese lugar se llevaban a cabo... pero entonces reparó en que él también debía compartir, entonces, su cuerpo con otras bellas mujeres, u hombres. Y lejos de enfadarse esta idea le sirvió para acrecentar aún más el deseo que la mataba por dentro.

Ser objeto de tan variadas sensaciones le subió la autoestima. Notaba la lengua de Ana mordiendo sus pechos, mojar su abdomen y pararse un momento en su ombligo buscando aliento. A su vez, Álvaro introdujo su lengua en la suya iniciando un juego de enredos que se multiplicaba cada vez más. Sus manos no paraban quietas: le agarraban dulcemente su cabeza, sus cabellos, le acariciaban sus orejas, le envolvían su cuello notando el placer de ese beso morboso acompañado del compás frenético de las manos femeninas que andaban ya rozando su vello púbico. Vió en los ojos de Ana encenderse la llama del deseo. Nunca antes había visto una mujer caliente. Se quitó su bata blanca y descubrió que no llevaba ropa interior. Mostraba unos pechos preciosos, con una marcada areola negra apoderada de unos duros pezones esperando su goce, su pasión. La miró insinuándole con su mirada que fuera a más, que prosiguiera su camino sin detenerse. Ana le abrió las piernas, y sumergió su lengua en el interior de su sexo, abriéndole sus labios aún más, esperando notar el torrente húmedo de su interior. Un gemido de placer se le escapó. Estaba muy caliente, si, ¡qué delicia sintió! Esperaba ansiosa el ápice de su lengua colocarse en su erecto clítoris. Eso le gustaba tanto que de tan solo pensarlo se estremecía de gozo, y lo sintió, sí, sintió correr sus líquidos por su vagina, humedeciendo su clítoris también como un volcán en erupción. Un calor intenso recorría enteramente su cuerpo que se movía exteriorizando su excitación. Y entonces vio como él se dirigía hacia Ana, sin quitarle la mirada de encima. Reparó en que existía un espejo estratégicamente colocado que permitía seguir los movimientos de él a la perfección. Vio como sus dedos buscaban el clítoris de ella y iniciaban un baile a su alrededor. Se fijó en el rostro de Ana y vio un suspiro salir de su interior. Tras un primer descanso ella volvió a ofrecerle el placer a ella, con su lengua de nuevo en su interior. Empezó despacio, pinchando su clítoris e introduciendo los dedos en su vagina. Se paraba extenuada por el placer que recibía de él, que la seguía mojando frenéticamente. Miriam sentía que se iba a correr de un momento a otro, e inició un lenguaje de gemidos que aún caldeaban más aquella situación. Y empezó a venirle ese gusto, ese gusto desgarrador, emitiendo sonidos muy excitantes que hicieron correrse también a Ana, casi al unísono, y con mucho calor.

Cuando su cuerpo encontró el sosiego, abrazó a Miriam y la besó, salvajemente, con decisión. Álvaro las miraba, asombrado, muy cargado ya por la pasión. Decidió acercarse a Míriam de nuevo y le pidió que se incorporara. Ella así lo hizo, abrazada aún a Ana, que le susurraba algo con su dulce voz. Un beso las unió de nuevo, rodeándolas de amor y Míriam buscó el miembro viril para acariciarlo ahora más que nunca, sin más dilación, mientras recibía de nuevo las caricias de Ana en su sexo abierto, rodeado de ese penetrante olor. Veía surgir un nuevo lenguaje entre ellos dos, ahora arrastrado por el deseo de sentirlo dentro, hurgando en su interior. Deslizó su glande suave pero persistentemente hasta quemarle la razón y entonces Álvaro la cogió en brazos montándola con decisión. Su pene duro y grande, fulminante y en su ardor, entró suave pero ferozmente, provocándole un torbellino de ilusión. Miriam se agarraba a su cuello con fuerza, mordiéndole su oreja, esperando verle correrse de satisfacción, y notaba que su cuerpo se contorneaba de gusto, no alcanzaba la razón. Ana los miraba tocándose por entero, estremeciéndose consigo misma de dolor. Y él gemía de alegría, gemía de desesperación, alargando esa espera tan deseada, provocando en ella otra tormenta de pasión. Y sedujo su clítoris de nuevo, al mismo tiempo que su pene estaba ya harto mojado de los líquidos de ella. Y el orgasmo llegó excelso, primero a ella que gritó de felicidad y estupor, después desgarrando una fuente de semen esparcido en su interior. Dos cuerpos extasiados uno frente al otro mirándose con pasión, se quedaron contemplando el momento de máximo éxtasis de Ana corriéndose a más no poder viéndolos a los dos.

Dejó las llaves del coche encima de la estantería y se miró en el espejo del recibidor. Una ducha calentita la estaba esperando. Sonrió pensando en ese cumpleaños que tanto rencor le había traído de buena mañana. Y pensó que la vida nos ofrece sorpresas difícilmente asumibles en un instante, como la recibida de estos seres desconocidos en el centro de estética donde se sintió ella misma, sin ningún rencor.

Rocío Ávila, Rubi, 30/1/2008

diumenge, 3 de gener de 2010

Al límite en un vagón.

Recorría pensativa el Paseo del Ferrocarril buscando ansiosa la tarjeta de tren oculta entre los bolsillos de su abrigo. Siempre pasaba igual. Era inevitable ese retraso de los movimientos de los dedos a primera hora de la mañana cuando el vagón repleto de gente se disponía a tomar rumbo Barcelona en pocos minutos. El bullicio de las almas agolpadas en la puerta del ascensor hacía presagiar la pérdida de ese tren. Y no, no lo podía permitir. El siguiente no pasaba hasta las 8:21h. No podía llegar tarde a esa entrevista. Era preciso tomar cartas en el asunto.

Incrédula, decidida, impulsivamente, se adentró con fuerza en el interior del tren empujando ferozmente a un joven estudiante universitario ataviado con sus libros y apuntes de última hora. “Perdona”- le dijo, y el chico mostró una sonrisa disfrazada de hastío hueco que le dejó sumiso en aquella postura flácida del recién acabado de despertar.

Adriana se sumió en un letargo de pensamientos durante al menos un cuarto de hora. No entendía el cansancio que acusaba su mente. Se mostraba indiferente a los ruidos de los MP3 de los demás, o a los periódicos tirados en el suelo por doquier. No le inmutaba tampoco el aviso estupefaciente del intercomunicador advirtiendo de la próxima parada: “Sant Cugat”. Faltaba al menos veinte minutos para llegar aún a Provença, y el móvil sin sonar. La espera era demasiado excitante. Necesitaba saber de antemano cómo iba a transcurrir la reunión para tomar una decisión a tiempo. Era crucial que Ramirez le comunicara las últimas noticias YA. Y el reloj se relentecía sin saber por qué.

El calor en el interior del vagón era sofocante. La calefacción le ahogaba la garganta miserablemente. Uf, qué pesadilla, ¡por Dios! Levantó la cabeza intentando descubrir algún rostro conocido entre la muchedumbre pero no fue posible intercambiar unas palabras con nadie. Sola, se encontraba sumamente sola. Y necesitaba volcar ese nerviosismo suyo con alguien. Un niño lloraba quejumbroso al fondo del vagón. Eso le recordó inevitablemente la rabieta matutina que su hija Andrea había tenido hacía apenas una hora. Maldita terquedad! Intentó buscar aliento en algún rostro masculino. Siempre era fácil que un hombre la mirara. Su rostro llamaba poderosamente la atención. Sus ojos vivarachos y tristes, maquillados con rimel a la perfección, dejaban boquiabiertos a los sujetos más ansiosos. Y ella lo sabía. Y necesitaba que un hombre la mirara hoy más que nunca, necesitaba sentirse deseada por alguien y realizada como mujer.

Caras de agobio, de aburrimiento, de sueño, de suplicio por la llegada al mismo trabajo de todos los días... eso era lo que sus grandes ojos admiraban. Nada más. Nada interesante se mostraba ante su curiosa manera de ver la vida. Pero no, estaba equivocada. Algo la llamó poderosamente la atención. Al fondo mismo del vagón, justamente enfrente del niño llorón que hacía unos instantes se revolcaba insistente ante su madre. ¡Era él, si, cómo no lo había visto antes! Era Ale, sí, el auxiliar bibliotecario, aquél chico nuevo que hacía tan solo unos días se encargaba de la sección infantil de la biblioteca municipal. Giró la cabeza intentando evitar que su mirada se cruzara con la suya. Era demasiado atractivo para ella. No, no podía acercarse a él. Su corazón empezó a latir apresuradamente. No entendía lo que le pasaba. Volvió a mirar tan solo un instante. Ya no estaba allí. ¿Cómo podía haber dejado perder ese rostro perfecto, esos ojos azules intensos de calor? Su mente se sentía confundida y su vista buscaba desesperada la manera de encontrarlo aún a su alrededor. Le asaltó de inmediato un deseo enorme de arrimarse a él, de rozar su abrigo azul de pana y dejarse mecer por la melodía de sus tiernas palabras. Tenía una voz demasiado varonil para la función que tenía asignada en la biblioteca. No es que le sentara mal contar cuentos, no; era tan solo que sencillamente era más atractivo a las madres que a los propios niños. Y pensando en estas cosas tuvo ganas de quitarse el abrigo, hacía mucho calor, demasiado calor.

Atrapada en este círculo de inciertos pensamientos sintió un escalofrío recorrerle toda su columna. Alguien se ajustaba tras ella buscando un sitio mejor. Se giró de inmediato con la intención de distanciarse algo de ese cuerpo extraño que la amenazaba misteriosamente. No lo pudo evitar. Un chasquido surgió de su voz. Era él, otra vez. Era él, atrayentemente vestido, mirándola con devoción. No supo qué hacer. Se avergonzó de lo que sentía. No podía ser, no. No podía reconocerse a si misma que se sentía terriblemente excitada por la presencia de aquél hombre. Sus sensaciones empezaron a trastocarla locamente: no sabía si debía bajar apresuradamente del tren, sin dilación, o si por el contrario debía aceptar de buen grado ese intento de acercamiento que le proponía ese desconocido. La tentación era grande. Notó un extraño nerviosismo en sus genitales. Eso no era propio de ella. Excitarse en un tren no era propio de ella, no, no podía estar pasándole. Pero, sí. Notó esa locura en su mente, notó sus pechos duros a reventar, notó que le flaqueaban las piernas y el instinto de cerrar los ojos a una nueva experiencia la derrumbó. El olor de ese hombre la sumió en la desesperación, sus manos buscando las suyas por entre los montones de bolsos, maletas y demás. Le hicieron perder el control. La excitación de lo desconocido iba in crescendo. No podía dejar de sentir un estremecimiento que le recorría todo el cuerpo. Un cosquilleo ingenuo recorrió su nuca, unos besos más que otros se dejaron escapar algo más abajo intentando alcanzar un escote muy bien disimulado tras la gabardina que finalmente no había podido abandonar. Se giró para ver de cerca esos labios tan presuntamente ejercitados. Los labios de él se mezclaron fuertemente con los suyos, buscando ardientemente un lazo mejor, una unión descontrolada amenizada progresivamente por el juego de sus lenguas en un beso de pasión, de deseo aún mayor. De nuevo ese olor la transportaba, ya nada había a su alrededor. Ahora sintió sus manos acariciándola despacito por la espalda, desabrochándole el sujetador. Sus pezones ya eran picos, gozosos de calor. Y sus grandes manos los recorrieron, haciendo círculos a su alrededor. Ese gesto la hizo desear más, desear un encuentro sexual mejor, eso no se podía aguantar más, era fuego abrasador. Sentía un nerviosismo en su abdomen, sentía que sus manos se iban acercando cada vez más a ese lugar misterioso de su sexo en flor, y pensaba dichosa en cuánto tiempo era necesario para alcanzar la máxima excitación. No podía más, apretaba su boca contra el hombro de él para evitar ser descubierta al gentío ensordecedor. Necesitaba exclamar su gozo, su gusto, ¡oh, por Dios! Notó sus dedos bajándole por el interior de su pantalón. Buscaban nerviosos ese clítoris en erupción. Y con un leve masaje se sintió morir de satisfacción. Parecía que nada pasaba pero ambos eran una bomba de explosión. Estaba a punto de correrse por ese masaje vertiginoso que él efectuaba sin apartarse un momento de ese bello rincón, cuando la humedad de su sexo estalló a su alrededor. Sus piernas se abrían, necesitaban un consuelo mejor pero era bien difícil asumirlo allí. Se disgustó al pensarlo, sintiendo de nuevo como él la atraía hacia si, notando su miembro también bien duro. Y él introdujo sus dedos más adentro, su vagina por fin se abrió, iniciando un rítmico compás. Ella le susurró que siguiera, que la llevara a esa orgía de placer, él la miraba sonriente esperando ver en ella un gesto más de satisfacción. Y le decía que se corriera, si, córrete por favor, moja mis dedos de tus líquidos, mójame con tu excitación, olvídate de la gente, sueña que soy yo el que te penetro adentro, muy adentro, con mi pene en extrema ebullición. Déjame que con mi lengua te recorra enteramente, una y otra vez, tus tobillos, tus piernas, tus muslos, tus ingles, tu sexo por fin, toda tu, y escuche de tu alma correr tintas de sudor. Sé salvaje con tu cuerpo, que aquí estoy yo, sintiéndote al completo. Y así llegó, así Adriana se adentró en un mundo donde no se apreciaba el color, tan solo los olores de un sexo abrasador. Un orgasmo tremendo inundó toda su alma, un orgasmo creciente que no la dejaba respirar, que le quemaba toda por dentro, la ahogaba a la perfección, y no pudo evitar soltar un alarido agudo de tremenda plenitud. El semblante en su cara era ahora el de una perfecta relajación, acosándola por la mirada de su interlocutor.

Abrió los ojos y se percató que había poca gente ya en el vagón. Buscó a Ale, su salvación, y no lo encontró. Miró el letrero y se dio cuenta que apenas quedaban dos paradas para llegar a su destino. Algo descompuesta, intentó averiguar qué diantre había pasado. Se sintió algo incómoda, mojado aún su tanga y algo exhausta después de ese acto extraño de placer. Pero, ¿había sido real o simplemente era producto de su imaginación? Cruzó la puerta dirección al andén. Ya nada más se supo de esa atracción.

Rocío Ávila, Rubi, 22/1/08