diumenge, 31 de gener de 2010

La ilusión de volverse a mirar.

Había pasado mucho tiempo encerrada en su mundo, ocupada en atender las necesidades de los demás para darse cuenta realmente de las suyas escondidas en un rincón.  Había derrochado tanto tiempo con sus responsabilidades familiares que su pobre alma se arrastraba suplicante pidiéndole clemencia y algo de descanso para cubrir las pequeñas dosis de calma que el cuerpo necesita, sin más. Se había dado cuenta de repente que la vida había huido de su lado temerosa, incapaz de regocijarse en los juegos que a su tierna edad podía aún llegar a saborear al lado de personas vitales y llenas de amor, que seguramente, ahora lo veía, circulaban a su alrededor.

Esa reflexión le llegó en el momento en que se había detenido cautelosamente a contemplar todo lo que la circundaba. Nunca había puesto los ojos en nadie que no fuera su marido, aquél hombre cuarentón que regresaba todos los días a casa para refugiarse en su mando televisivo y su buche de coca-cola listo para tomar. No había sentido curiosidad por saborear aires nuevos llegados de más allá. No había alcanzado la necesidad de luchar contra la monotonía de una vida sujeta a unas normas sociales a veces difíciles de llevar. No le había llegado la certeza del fin del amor, del fin de una corta existencia conyugal cargada de sucesos pero obsoleta en caricias y designios de amor. Por eso la revelación le pareció intrigante, la dejó en suspense largo rato, quedando totalmente atrapada en sus raíces más profundas.

No hacía mucho que los hombres eran hombres sin más, sin ningún complemento añadido a su existencia. Pero en ese fugaz instante en que todo le pareció tan evidente, la naturaleza del ser humano se le antojó sencilla y clara como la gota más cristalina de nuestro torrente interior. Y entendió que había dejado pasar el tiempo absurdamente, que aún le quedaba mucho trecho por andar y supuso que aún estaba a tiempo de mostrar todas sus agallas y deshacerse de esa lacra que le impedía ser mujer, ser persona ante el mundo que la juzgaba, soñando con ser al fin libre de sus deseos y sus ganas de vivir.

Fue el semblante de David el que la hizo despertar. Nunca antes había reparado en otra presencia masculina que no fuera la de su hombre, nunca antes nadie la había observado al andar, nunca antes un hombre la había interrogado con el silencio como lo hacía él. Pero ese fugaz descubrimiento era el fruto prohibido que nunca debía probar. Le era del todo vedado porque su amor estaba depositado en otra persona, no era suyo ni lo sería nunca pero ya se sentía para siempre atrapada en sus garras inocentes de amistad.

David no tomó cartas en el asunto aunque seguramente no eran en vano los pequeños gestos que le dispensaba las pocas veces que se llegaban a encontrar. Nunca antes la había mirado tan abiertamente, casi con el corazón en la mano. Nunca antes nadie le había preguntado sutilmente cómo estaba con aquél silencio encerrado en sus negros ojos. Nunca antes nadie le había agarrado fuertemente del brazo para señalarle su complicidad. ¡¡¡Y ahora echaba tanto de menos acercándose a ella!!! Nunca antes había esperado a nadie tanto tiempo, para simplemente desearle un buen día o intercambiar una simple sonrisa de ilusión y amistad.

Pero allí estaba ella, ansiosa de verse correspondida por ese extraño ser abrumado por sus problemas laborales, sus hijos y sus cuentas bancarias. Sabía de sus aficiones, de sus intereses, aunque pocas cosas le había mostrado él que ella no hubiera descubierto por sí sola. Temía la presencia de su mujer, enigmáticamente silenciosa ante unos gestos que aunque tímidos podían ser apreciados por terceras personas incluso antes que él. Ese era el terrible destino que la acompañaba: saberse atada a alguien incapaz de poderle corresponder. El amor es así de cruel en ocasiones. Y en ese preciso instante era tremendamente injusto con Raquel.
En una única ocasión le invitó a tomar café. Aprovechó que se encontraba indispuesto y no había acudido a su trabajo para hacerle ver la necesidad de verse por unos asuntos relacionados con la publicación quincenal de la revista de la Asociación de Vecinos del barrio en el que ambos residían. A ella se le daba bien escribir y él era todo un experto en materias informáticas por lo que ese proyecto los vinculaba de alguna manera, casi sin darse cuenta.

Sin dudarlo un instante se atrevió a sentarse junto a él en la pequeña mesa del bar que ocupaba la plaza principal del pueblo. No sabía muy bien de qué manera iniciar la conversación que con tanta urgencia debían llevar a cabo. Él la miraba impaciente. Ella sonreía algo nerviosa. Y empezaron a hablar, primero de cosas sin importancia para llegar finalmente al centro de interés que les había reunido en aquél lugar.

En el transcurso de ese corto rato que pasaron juntos Raquel intuía las miradas de David. Notaba cómo furtivamente él desviaba su mirada para observar con cierto detenimiento la estrechez de su camiseta y el susurro de un escote que dejaba respirar un poco el nacimiento de sus bellos pechos maduros. También él se percataba del coqueteo seductor que ella intentaba transmitir, con esos bellos ojos maquillados, con esos labios ligeramente humedecidos por el suave roce de una lengua necesitada de un beso mortal, y sobretodo por sus manos algo inquietas, que tocaban sus pelirrojos y finos cabellos sin cesar y revolvían en el estómago de cualquier hombre sediento las ganas de alcanzar el deseo siempre presente en los cuerpos sin amar.

Sus palabras no fueron señales hasta que ella introdujo su mayor pesar. Sentirse algo alejada del mundo real, del mundo que la atrapaba y le dejaba como embobada, sin apenas ilusión ni ganas de llorar. Él la entendió muy bien y afirmó sentirse identificado con ese, su pesar. Y ese secreto los unió en silencio, aunque él no tuviera ni idea en realidad del sentimiento que ella cobijaba en su interior, día tras día, sintiendo una pena intensa cuando no lo veía al despertar.

Y así pasaban los días, ella soñando con sus ojos y él olvidándose de ese bar. Separados por sus vidas, cada uno en su lugar, los deseos olvidados volvían a la mar cuando por casualidad de la vida se volvían a encontrar. Y en ella se encontraba el aliento cuando lo veía respirar. En ella el silencio se rompía con el deseo de volverlo a abrazar, a abrazar con la mirada y con ese diálogo de antes de comenzar.

Rocío Ávila, Rubí, 7/6/2008