dilluns, 19 d’abril de 2010

Tomates cortados.


Tomate meticulosamente cortado en pequeñas rodajas se amontonaba en el rincón de aquel plato que protagonizaban unas tostadas que iban a ser recubiertas con el mejor aceite de oliva y el más sabroso jamón ibérico jamás saboreado en esa casa. Esa era su cena. Se esmeraba, también, en adornar dicha suculencia con unas hojas de albahaca y otras hierbas que él tanto estimaba oportuno usar en todas y cada una de sus comidas. Era bastante aficionado a esto último, al arte de espolvorear hierbas diversas, todas mezcladas y abandonadas a la suerte de dios, en el producto final que sería el sabor de dicho manjar. No se le pasaba por la cabeza pensar que en ocasiones esa costumbre suya iba en detrimento de las cualidades inherentes al plato que ella con tanto esmero se había empeñado en confeccionar. Pero ahora no era esa la cuestión. No tiene mucho mérito prepararse unas tostadas, ¿no? O sí, quién sabe. El caso es que ella se miraba este espectáculo con un cierto escepticismo pensando que cada uno de esos detalles que tan bien habían sugerido lo apetecible del plato no eran más que la excusa para hacer más evidente el dolor que le corroía por dentro. Un mal que tenía como señal más evidente ese tic nervioso que se le había instalado desde hacía algo más de dos días en el ojo derecho y que ya le resultaba imposible aguantar. No había manera de calmarlo, y su paciencia estaba a punto de desembocar en el más feroz histerismo.

Claro: tics tenemos todos en algún momento de nuestras vidas, pero esa tampoco era la cuestión. El motivo de todo este quebradero de cabeza que la tenía medio absorta en sus pensamientos era que no se quitaba de encima la imagen con que se quedó profundamente dormida la noche anterior. Ella, sentada en el límite de un colchón algo engreído, contemplando con cierta tristeza la desnudez de su cuerpo y esperando que él se sumergiera de lo lindo en los bellos sueños que el coito suelen despertar como regalo al esfuerzo divino. Esfuerzo, he ahí esa sublime palabra. Un esfuerzo que él debía aprender a ejercitar. Ojala él se esforzara en entender que no tiene ni idea de cómo sumergir a una mujer en lo más profundo del placer humano, místico-sensorial o ascético, digámosle como queramos. Se había acostumbrado a deleitarla con tantas tonterías que ya el sexo había perdido del todo su interés aunque ella en el fondo lo deseara siempre, plenamente, enteramente. Pero no se sentía satisfecha, no podría sentirse así nunca más. Y eso le dolía amargamente en lo más profundo de su corazón, le producía tal sensación de desamparo que no tenía más remedio que medicarse con docenas de películas del género romántico que al menos le sugirieran que el amor sí es real, que la unión entre hombre y mujer sí era algo posible y no un mero enjambre de inventivas con las que el hombre consigue superar la frustración cotidiana.

Se había acostumbrado tanto a inventar sus encuentros sexuales con otros hombres que quizá el problema precisamente radicaba en que todo ese mundo ya no era, de hecho, real, sino un manifiesto reflejo de su imaginación, de su deseo ardiente por sentirse plenamente satisfecha y enlazada por los brazos de un hombre que la quisiera como a ella le habían enseñado que se tenía que amar: de forma apasionada, fulminantemente. Eso es lo que ella soñaba, lo que ardientemente buscaba las veinticuatro horas del día, sin encontrarlo, claro está. Ya no era ninguna chiquilla. Y entonces fué cuando apareció él. Un sueño de su pantalla de ordenador, una sombra que la acechaba veinticuatro horas al día, día tras noche, que vigilaba ansioso sus movimientos, que le despertaba con rosas de azucena envueltas en caricias de azahar tan solo con apretar el botón de su ordenador. Era sublime el placer que sentía. Era excitante reconocer que alguien al otro lado de la dimensión digital le escuchaba y le ofrecía su apoyo sin pedir –de momento- nada a cambio. Sus palabras la cobijaban siempre, su ternura la embriagaba y la hacían sentirse viva aunque en el fondo de su alma supiera que aquello podía significar también una gran farsa, como toda la que corroe nuestra cotidiana vida siempre, pero se agradecía que al menos esa presencia masculina, con entidad física, teléfono móvil, vida en pareja, hijos, trabajo asfixiante, y responsabilidades añadidas tuviera un mínimo interés por ella. A correos electrónicos y chats a altas horas de la noche siguieron conversaciones telefónicas eternas que incrementaban aún más ese deseo que ella se esmeraba por derrochar con su inalterada pareja que vivía al margen de esta relación virtual. El día que él se ofreció a entregarse, el día que él le sugirió un encuentro físico, real, en el aeropuerto de Barcelona, supo que debía negarse con firme rotundidad, que la magia que les envolvía y les había arrastrado durante los trescientos sesenta y cinco días que había durado esa ciberrelación se iban a desmoronar en cinco minutos. Y esperó ansiosa que llegara aquél correo electrónico de la respuesta, una solución a esa triste y desgarrada vida que había empezado un año atrás con un tomate meticulosamente cortado en pequeñas rodajas.

Rocío Ávila, Rubí, 19 de abril de 2010.